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Octanaje plus

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Octanaje plus: Por Josué D. Fernández.-  El poder de combustión de un carburante específico para activar una máquina en la Venezuela de hoy, ha dejado de ser motivo de preocupación general, contraviniendo precauciones para evitar catástrofes por mal uso de sustancias inflamables. En condiciones del ayer de bastante menor crispación colectiva; según el gran favorecido de una “voluntaria” revuelta en 1989, la chispa que encendió el motor de la Revolución Bolivariana –diría su posterior propulsor–, estaría entonces en la proclamada alza en el precio de la gasolina por Carlos Andrés Pérez II, en un 100 por ciento, pero que por decisiones peores de estas horas se convertiría en santa reliquia de la generosidad oficial de antes.

Es que, actualmente, un súper gigante aumento de la gasolina en cientos de miles por ciento, pasaría por encima de la advertencia original de los precursores del régimen, y pareciera fundarse en que ya no existiría chispa venezolana alguna, apagada esta quizás con invariable represión armada de manifestaciones de calles, la cárcel y hasta la muerte para participantes en protestas estudiantiles, la persecución desmedida a dirigentes opositores, y el silencio impuesto a la información independiente sobre abusos, con prisión de periodistas y privaciones de insumos a los medios. Sin rechistar pues, habrá que pagar de diez a quince bolívares soberanos por cada litro, o más de acuerdo con los precios fluctuantes en dólares en el extranjero; o doblar el lomo para merecer una rebaja si se portara la falsificada identificación nacional encubierta como “carnet de la patria”, con la cual se abrevia la dominación del pueblo.

Quienes se resistan a ficharse con ese “carnet de la patria”, tras posible acuerdo de la disidente clase media rebautizada “media pobre”, junto a algún otro rebelde al que solo le queda un poco de dignidad, tal vez soñarán en lo adelante en cómo gustaban de cambiar sus vehículos por modelos nuevos, y que apenas cuentan con repeles para mantenerlos en condiciones precarias, con la suerte de repuestos de segunda mano, o de canibalismos de expertos en desmembrar autos robados.  Además, con la gasolina por las nubes, probablemente tendrán el único consuelo de ver paralizado al viejo “cacharrito”, como pieza arruinada del que fuera orgullo del brasilero Roberto Carlos, en los 60 del s. XX.

Para la clase hundida en la clasificación de “pobre y media”, desde hace tiempo ni siquiera alcanzarían sus ingresos para un “cacharrito”, y tampoco dispondría de  populares moto taxis  y de  regulares adicionales unidades de transporte colectivo, por su desaparición forzada debido a tarifas insuficientes para cubrir costos de operación en ambiente híper-inflacionario y de devaluación monetaria. La angustia crece desmesuradamente porque las “perreras” sustitutas, que amontonan a la gente en camiones de volteo, y otros carros de carga sin techos, seguramente subirán el pasaje para emparejarse con los crecientes desembolsos para obtener combustible. Es decir, un camino a pie es la promesa que queda por delante.

El visitante de Venezuela, que la conoció en medio de libertades democráticas y económicas, separación legítima de poderes, y justicia independiente,  ahora hallará ciudades, calles y autopistas desiertas, desmejoradas al extremo al anochecer y antes de

salir el Sol.  La inseguridad y la delincuencia se convirtieron en aliados del estado de sitio del que se benefician dictaduras, y la crecida de gastos para carburantes sacará adicional número de habitantes de las vías, ante la falta de fondos para cubrirla  entre amplios sectores excluidos de captaciones populistas de la administración pública.

En Venezuela se ha llegado al final de lo único barato que quedaba, los combustibles provenientes del petróleo, acordados por tradición como parte de la retribución al pueblo de esa inmensa renta que se le niega en equitativas obras sociales, aunque sea el verdadero dueño de las riquezas del país. Para muchos, despojados del derecho al octanaje plus, y al minus también, en este “Gasolinazo” de la dictadura,  quedará como ruido sordo la monótona pieza “Me gusta la gasolina”, del “reggaetonero”Daddy Yankee.

Ensayo audiovisual para público de pregrado, disponible en la voz del autor, en colección de Josué D. Fernández, con temas musicales editados, más cortos, al pinchar en:

El artículo adosado forma parte de “Experiencias Mayores”, encartado del programa “Estamos en el Aire”, a las 4:30 de la tarde, cada sábado. Breve espacio editorial ligero, canal de catarsis del desconcierto de su autor, con música a propósito del asunto que trata, entrevista y  gotas de humor.  Por http://www.radiorumbos670am.com.ve/, en cuya discusión los interesados pueden tomar parte por los teléfonos +58 212 284.04.94 y 285.27.35, o mediante mensajes directos por Twitter, a Josué Fernández, @jodofeal, por canal personal de YouTube, o aquí en  www.comunicadorcorporativo.blogspot.com

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Campos de entrenamiento en Colombia

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Campos de entrenamiento en Colombia: Por Leopoldo Puchi.- De acuerdo con informaciones provenientes de agencias especializadas, por lo general confiables, en Colombia se habrían instalado campos en los que venezolanos reciben entrenamiento militar. El contingente sería de varias centenas de efectivos y contaría con instructores tanto venezolanos como colombianos. Un asunto muy delicado. De modo que sería conveniente que la situación fuese verificada, sin alarmismos, por las instancias correspondientes de la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuya misión esencial es preservar la paz.

Esta información viene al caso, y reviste importancia su evaluación para quienes analizan o se interesan por la situación venezolana, en razón de los peligros potenciales de una deriva bélica de los acontecimientos, algo que no luce inminente pero que es difícil descartar de los escenarios prospectivos. Es más conveniente detenerse a tiempo a considerar los datos de la realidad, que ignorarlos por estimar muy poco probable que en el mundo actual las disputas geopolíticas se diriman en los terrenos acostumbrados del pasado siglo XX.

El presidente de Colombia, Iván Duque ha señalado en varias oportunidades que no tiene planteado adoptar “una actitud bélica ni belicista con Venezuela”. Del mismo modo, su ministro de relaciones exteriores, Carlos Holmes Trujillo, ha dicho que descarta cualquier tipo de “intervención militar” porque “Colombia no es amiga de las soluciones militares en esta materia”.

Sin embargo la tensión entre las dos naciones cada día se acrecienta e incluso el mismo ministro Trujillo ha recibido instrucciones de suspender cualquier tipo de contacto con las autoridades venezolanas, a pesar de que, siendo naciones fronterizas, son innumerables los asuntos grandes y pequeños que día a día deban tratarse entre las cancillerías.

En declaraciones recientes el presidente Iván Duque ha señalado que es necesario “acorralar diplomáticamente” al gobierno venezolano y ha expresado que Colombia no va a “hacer la pantomima de seguir manteniendo relaciones diplomáticas con Venezuela”. Pero también ha expresado que continuarían las relaciones comerciales. Habría que ver si se mantendría una misión diplomática para ese fin, o si se piensa solo en relaciones consulares.

De producirse a partir del 10 de enero de 2019 una verdadera ruptura de relaciones diplomáticas entre los dos países, cobraría mayor importancia prestarle atención a la información que se ha dado a conocer sobre el entrenamiento militar de venezolanos en el territorio del país vecino. La experiencia latinoamericana en esta materia es amplia, ya que han sido numerosos los casos en los que ese tipo de contingentes, de mayor o menor envergadura, han formado parte de las fichas que se mueven en el tablero de las zonas calientes. De manera que, en cualquier circunstancia, habría que buscar vías de comunicación entre los dos países, haya o no ruptura de relaciones, porque estaríamos sentados sobre un polvorín.

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