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Mujer mató de varias puñaladas a un viejito

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Una mujer mató con un destornillador a un viejito cuando compartía con éste dentro de una vivienda en el centro de Valencia; pero no tuvo chance de escapar.

Los gritos que salían de una casa alertó a los funcionarios de la Policía de Carabobo que pasaban por el lugar, que algo ocurría.

Cuando se dirigiendo al inmueble ubicado entre la calle Escalona con la avenida Manrique de la parroquia Candelaria de Valencia, vieron el cadáver de un adulto mayor.

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Presentaba heridas punzocortantes. Lo identificaron como Carlos Díaz Párraga, de 75 años.

Presuntamente murió luego que una mujer lo atacó con un destornillador.

También en la residencia estaba una ciudadana de nombre Florillet Acosta, de 26 años de edad, la que supuestamente atacó al septuagenario.

La detuvieron y la llevaron al comando policial, para ser interrogada y determinar su responsabilidad en el caso.

Comisiones del Cicpc acudieron al lugar del homicidio con la finalidad de colectar evidencias de interés criminalístico que permitan esclarecer la muerte del adulto mayor.

Lo mató el domingo

El hecho donde supuestamente la fémina mató a Párraga ocurrió el domingo en la tarde.

El cadáver Carlos Díaz Párraga lo trasladaron al Departamento de Patología Forense de Valencia, para la autopsia.

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ACN/Rubén Bolívar

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Raspachines: El trabajo de moda de los venezolanos en Colombia

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La migración de desesperados venezolanos que llegan a Colombia permite a los narcotraficantes contratarlos para laborar como raspachines en los sembradíos de coca.

En los cultivos ilícitos del Catatumbo, Norte de Santander, emplean a los venezolanos. Profesores, oficinistas, amas de casa e incluso menores de edad desplazaron a los raspa coca o raspachines (recolectores de hoja de coca).

Según las autoridades colombianas documentaron que en los últimos tres años el fenómeno se incrementó. Los venezolanos se ofrecen a trabajar en lo que sea y por lo que sea. Una vez que llegan a Cúcuta se desplazan a los sembradíos situados en los municipios Tibú, Sardinata y Hacarí.

Los clásicos raspa coca colombianos muestran su rechazo, pues se sienten desplazados por los hambrientos venezolanos. Aseguran que trabajan por la mitad del salario. En los últimos días agencias internacionales de noticias entrevistaron a los migrantes que muestran sus manos llenas de ampollas.

La crisis humanitaria de Venezuela convirtió a insospechados migrantes en raspa coca.  Los entrevistados admiten que jamás se imaginaron trabajar como “raspachines” en los campos del narcotráfico. Laborar para los narcotraficantes les permite llevar el sustento a sus hogares.

Raspachines como arroz

La mayor parte del dinero que ganan lo transfieren a sus familiares que sobreviven a duras penas en Venezuela. En Tibú, el alcalde Jesús Alberto Escalante admitió que la mano de obra colombiana es desplazada por estos venezolanos. En los sembradíos de coca obtienen, techo, comida y un salario menor al que perciben los colombianos.

En la actualidad cada día llega un promedio de mil migrantes a tierras del Norte de Santander. Según la Administración para el Control de Drogas (DEA), el 92% de la cocaína incautada en Estados Unidos proviene de Colombia. A muchos venezolanos les avergüenza desempeñarse en esos campos. Por ello prefieren mantener el anonimato. Lamentan que un régimen haya destruido la economía de su país y las esperanzas de los jóvenes.

Para el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci) de las Naciones Unidas, en el Norte de Santander se cultivan 24.831 hectáreas de coca. Allí los venezolanos encontraron su chamba de moda.

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