Opinión
Gorjeo de guacharaca
Gorjeo de guacharaca: Por Josué D. Fernández A.- Entre las secuencias invariables de la naturaleza se hallan los gorjeos de aves al amanecer, después de la muy temprana largada por cuenta de los gallos. La secuencia avisa que la mañana no llegará de repente, menos si esa noche acumula 20 años de oscura dictadura. Aun así hay muchos venezolanos que ahora esperan impacientes la claridad de la aurora, sin querer percatarse de que, casi siempre, la mañana no llega sin antes escuchar a las escandalosas guacharacas.
La noche espesa seguiría invencible por una rato más, mientras agotan su fuerza los batallones demoníacos, ya descalificados para la redención con eventuales amnistías. Mientras les dure, ellos mantendrán extendido el negro telón de la represión. Esas mañas, sin embargo, no serán suficiente para tapar los rayos de sol que pujan por mostrar la luz del día, desde hace semanas.
Difícilmente alguien se quedará despierto cuando las guacharacas estén convencidas de certificar la llegada plena de la madrugada esperada, en rol de excepción de trompetas accidentales para anunciar la dilución de la penumbra de la tiranía. No obstante, por las cornetas de los carros, los pitos, la algarabía popular y los fuegos artificiales quizás sea necesario para la Venezuela de sueño prolongado, el subirle el volumen a la voz de «Levántate campesina», según el legado de Mario Suárez, Juan Vicente Torrealba y «Los torrealberos».
Cualquiera que sea el momento oportuno de los gorjeos de las guacharacas, lo ciertamente definitivo será, como dice el refrán que «No por mucho madrugar, amanecerá más temprano». Típico de las cosas que derivan de un proceso, y resultan incompatibles con aceleraciones a capricho.
Por otra parte -en una especie de plano metafísico tal vez-, hay quienes aseguran que las mejores cosas siempre llegan para los que saben aguardar con paciencia. En esa onda igualmente se vaticinaría que «lo bueno se hace esperar»; y para cuando la esperanza se crea perdida, el ánimo se activaría al comprobar en los hechos que «más vale tarde que nunca».
«El despertar» se desborda. Pocos quedan que no estén sintiendo la proximidad del amanecer. Los detalles los esbozó de cierta manera Felipe Pírela, en el tema musical de seguida, el cual cierra el segmento de «Saldos» de hoy. ¡Hasta el sábado que viene! …
El artículo adosado forma parte de“SALDOS”, segmento de la revista “Estamos en el Aire”, transmitida a las 4:30 de la tarde, cada sábado, para el entretenimiento general a partir de saldos que deja la actualidad local e internacional En ensayo audiovisual a título de catarsis del autor Josué D. Fernández A., a través de Radio Rumbos 670am.en Caracas, Venezuela, , para participación directa por los teléfonos +58 212 284.04.94 y 285.27.35, por Twitter, @jodofeal,https://youtu.be/EOz3cUxXtHc o en www.comunicadorcorporativo.blogspot.com
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Opinión
Tragedia en Venezuela: Solidaridad Vs Miseria Humana
Transcurridos ya varios días desde que la tierra tembló en Venezuela, el panorama de la catástrofe empieza a mutar. El polvo de las estructuras colapsadas comienza a asentarse, pero el eco de la tragedia sigue retumbando con fuerza en el alma de la nación. Estos días de dolor e incertidumbre han servido como un espejo implacable que nos devuelve, en alta definición, las dos caras más extremas, opuestas y complejas de la naturaleza humana: la luz de la solidaridad incondicional y la sombra de la miseria moral.
Por un lado, la respuesta de la ciudadanía ha sido una epopeya de fraternidad. Frente a la inacción inicial o la respuesta tardía, de un Gobierno mediocre e incapaz, la gran mayoría de los venezolanos ha vuelto a demostrar de qué está hecha su reserva moral. Hemos sido testigos de una oleada conmovedora de hermandad y apoyo: ciudadanos comunes que, sin tener de sobra, comparten lo poco que guardan en sus despensas; voluntarios que remueven escombros hasta desgarrarse las manos; y comunidades organizadas que se han convertido en los verdaderos primeros respondientes. En cada centro de acopio improvisado, en cada plato de comida caliente entregado a un desconocido, se respira la Venezuela que resiste desde el amor y la empatía. Es el triunfo de la dignidad civil sobre la adversidad.
Sin embargo, el reverso de esta moneda es oscuro y doloroso. La catástrofe también ha desnudado, de la peor manera imaginable, las dinámicas de la miseria humana.
El primer gran ausente —o peor aún, el gran ineficiente— ha sido el Estado. El abandono gubernamental, la falta de protocolos de emergencia reales y la precarización institucional quedaron expuestos al primer cimbronazo. Pero el dolor ciudadano se transforma en indignación profunda cuando se constata el accionar de quienes deberían proteger al pueblo: funcionarios que, desprovistos de toda ética, cometen delitos en las propias escenas de la catástrofe, llegando al extremo vil de robar entre los escombros y desvalijar lo poco que les quedó a las víctimas.
A esta degradación institucional se suma la descomposición social y digital de nuestra era. Hemos visto a creadores de contenido e influencers merodear las zonas de desastre, no con el afán genuino de ayudar, sino con el frío cálculo del algoritmo, buscando monetizar la tragedia y espectacularizar el dolor ajeno para ganar unos cuantos clics. Asimismo, la viveza criolla más destructiva ha hecho acto de presencia a través de personas que, sin haber sufrido daño alguno, se hacen pasar por damnificados para arrebatar los insumos y la ayuda que con tanto sacrificio se ha recolectado para las verdaderas víctimas.
Estos días post-terremoto nos obligan a una profunda reflexión antropológica y social. ¿Cómo es posible que una misma tragedia técnica y humanitaria cohabite con el heroísmo de la solidaridad y la bajeza de la rapiña?
La respuesta no es simple, pero nos confronta directamente con el país que somos y el que queremos reconstruir. La reconstrucción tras este terremoto no puede limitarse a levantar paredes de concreto o asfaltar calles agrietadas; el verdadero desafío es ético y estructural. Mientras la mayoría de los venezolanos siga sosteniendo el país sobre los pilares de la hermandad, habrá esperanza. Pero sanar la herida de la miseria humana —aquella que roba, miente y lucra con el dolor— requerirá de una justicia implacable y de una refundación moral que no deje espacio para el oportunismo en medio de las ruinas.
Abg. Luis Junior Vivas
Coordinador Regional de Activismo
Vente Carabobo
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