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La catarata más grande del mundo se encuentra bajo el océano

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Existen muchas cataratas en todo el mundo, pero la más grande de todas está fuera del alcance de la vista del ser humano, porque, a diferencia de las más conocidas como las del Niágara o del Iguazú, se encuentra bajo el agua.

Esta gigantesca catarata está justo debajo del estrecho de Dinamarca que, pese a su nombre, en realidad está entre Islandia y Groenlandia, y conecta el mar de Groenlandia con el de Irminger. La catarata comienza a aproximadamente 600 metros de profundidad (2,000 pies) y se extiende por un total de 3.5 kilómetros (11,500 pies), mientras que su ancho alcanza los 160 kilómetros (100 millas).

La catarata más grande del mundo

La pregunta que viene inmediatamente después de conocer estos datos es casi obvia: ¿cómo es posible que exista una catarata submarina? En realidad todo se debe a las leyes de la física, ya que en el lugar donde se encuentra esta catarata confluyen dos corrientes de agua a diferente temperatura. Las aguas del mar de Groenlandia provienen del océano Ártico y son muy heladas, mientras que las del mar de Irminger, cuyo origen es el Atlántico, son más cálidas.

Estas diferentes temperaturas hacen que las dos corrientes tengan diversas densidades; en este caso, el agua más helada es más densa. Por tanto, y tal como explica la infografía de más arriba del National Ocean Service de Estados Unidos, el agua más helada forma una corriente que desciende por esta especie de pared submarina, creando así lo que se conoce como la cascada más grande del mundo por la que descienden cinco millones de metros cúbicos de agua por segundo.

A modo de comparación, las cataratas del Niágara llegan a los 168,000 metros cúbicos de agua por minuto. La diferencia, claro está, es que aquella catarata se puede ver a simple vista, no como la monstruosa catarata de los mares del norte que solo nos podemos imaginar.

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Los mejores finales de sprint en la historia del patinaje de velocidad

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En el patinaje de velocidad sobre hielo, los finales de sprint tienen una tensión especial porque todo se decide en distancias muy cortas. En 500 metros, una carrera puede durar 34, 35 o 36 segundos, y una diferencia de 0,01 puede separar el oro de la plata. En 1.000 metros hay algo más de margen táctico, pero el final sigue siendo una pelea entre potencia, curva y resistencia al ácido láctico. Por eso los mejores cierres de la historia no se recuerdan solo por el tiempo, sino por la forma en que el patinador sostuvo la velocidad cuando el cuerpo ya pedía romperse. Para quienes observan salidas, curvas y remates finales en el hielo, 1xBet Guatemala permite seguir eventos con opciones deportivas claras. 

Uno de los finales más brutales fue el de PyeongChang 2018 en 500 metros masculino, cuando Håvard Lorentzen ganó con 34,41 y superó a Cha Min-kyu por solo 0,01. En Salt Lake City 2002, Gerard van Velde firmó un 1:07,18 en 1.000 metros, una carrera que cambió su carrera porque llegó con una vuelta final extraordinaria. En Nagano 1998, Hiroyasu Shimizu convirtió el 500 metros en una demostración de salida, frecuencia y control de curva ante una presión enorme. En el 500 femenino, Nao Kodaira también dejó una referencia moderna con su 36,94 olímpico en 2018. Si te interesan pruebas donde un cierre explosivo cambia toda la clasificación, Guatemala 1xBet ayuda a usar esa lectura antes de apostar. 

Qué hace inolvidable un final de sprint

Un sprint de patinaje no se gana solo en los primeros 100 metros. La salida importa muchísimo, pero el último tramo revela quién puede mantener la técnica cuando las piernas ya pierden frescura. En 500 metros, el patinador necesita arrancada explosiva, primera curva limpia y una recta final sin levantar demasiado el tronco. En 1.000 metros, además, debe guardar suficiente energía para no perder medio segundo en la última vuelta.

Algunos finales que explican muy bien esa grandeza son:

  • Håvard Lorentzen en 2018, oro olímpico en 500 m con 34,41.
  • Cha Min-kyu en 2018, plata a solo 0,01 del oro.
  • Gerard van Velde en 2002, 1:07,18 en 1.000 m con cierre histórico.
  • Hiroyasu Shimizu en 1998, dominio de salida y velocidad en 500 m.
  • Nao Kodaira en 2018, 36,94 olímpico en 500 m femenino.
  • Jeremy Wotherspoon, referencia de potencia y frecuencia en sprints mundiales.

Lo fascinante de estos finales es que el margen visual casi desaparece. Desde la grada, 0,01 parece nada; en la pista, puede ser una cuchilla mejor colocada, una curva menos abierta o una extensión final más limpia. En 500 metros, un patinador puede perder la carrera por abrirse 20 centímetros en la última curva. En 1.000 metros, puede perderla por entrar demasiado fuerte y pagar 0,30 en los últimos 200 metros.

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