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¡Ganas!

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¡Ganas!: Por Josué D. Fernández A.- Es súper-sabido que los mejores, y peores, acontecimientos casi siempre ocurren en medio de un sobresalto de emoción, natural de niños, en el cual se afloja totalmente el freno racional, sin saber muy bien al final porqué surgió el aplauso frenético a lo hecho, o la visible censura a una tal vez inapropiada conducta. Coincidentemente, el destino de los pueblos suele pendular luego en la madurez entre ambos extremos, y explicaría su gloria o perdición posterior con pocos matices, según registros de extendida difusión. Es así que, en 2018, Venezuela padece las graves consecuencias de haber  reventado la escala emocional hace dos décadas, al desoír variadas advertencias sobre el inmenso daño a la vuelta de la esquina, de concretarse el encumbramiento de un militar golpista, convicto agresor de las instituciones democráticas, y simpatizante de revueltas populistas y radicales patentes en la furia de su insistencia verbal de cortar cabezas por todos lados, tomadas como gracias y ocurrencias por un numeroso sector.

La conducta o la acción que distingue a cada persona es la muestra final en vidriera, de una secuencia que comenzó con la información sobre el tema, luego cedió al filtro de las llamadas ganas activando emociones, individuales o de grupo, que también impactarían la probabilidad  de respaldo a la proposición flotante en el aire. En los hechos, los venezolanos presenciaron los delitos del militar golpista pero le redimieron debido a su delirante oferta contra el agotado sistema de partidos, de imaginación menguada tras 40 años de alternabilidad entre dos. La voz, y los gestos del desconocido hasta entonces, ahogaron las razones para detener el voto del 56 por ciento de los venezolanos, que abriría la puerta al despilfarro, la corrupción, la violación de derechos humanos y la subordinación al castro-comunismo cubano.

La tragedia de Venezuela podría aparecer entre las mayores que lamentar, causada por descalabro mayúsculo por emociones descontroladas, sordas a la razón. Queda claro sin embargo, que el dictamen  sobre acciones o conductas prioritarias no es otro que la emoción −las ganas−, a las que habría que apelar o requerir su permiso para intentar el enfoque racional. Un nuevo capítulo se escribe ahora en tiempos decisivos, agotados por una terapia toxica y continuada de desencantos y frustraciones, las cuales detonan múltiples razones, aunque poquísimas emociones para superarla, quizás por embotamiento  puntual. De dispararse esas ganas, tampoco solucionarían mucho en ausencia de asideros racionales y algo adicional, como le falta a “Tengo derecho a ser feliz”, en el estribillo inútil de José Luis Rodríguez, carente de un agregado tangible a ese supuesto derecho.

Trasladado a la actualidad, el estribillo de “Tengo derecho a ser feliz” resultaría equivalente a la  espera de la salida del régimen entronizado en Venezuela,  simplemente porque los daños que ha ocasionado por veinte años, ya escapan a cualquier medida existente. Nadie dudaría de ese argumento racional indiscutible, pero al cual le faltaría fuerza, recursos y emoción para sumar los respaldos definitivos de la población entera que materialicen esa aspiración en acciones directas que fragüen el inaplazable objetivo, escurriendo titubeos que hasta hoy demoran el cierre del ciclo información-razón-emoción.

En esta esquina sabatina, sí sobran las razones y las emociones para agradecer con virtual apretón de manos, a las personas que han dado respaldo a estas notas de catarsis o desahogos −tal fueron bautizadas−, como audiencias consecuentes del programa “Estamos en el Aire”, transmitido por Radio Rumbos, y de su sección “Experiencias Mayores”, o por el canal de YouTube de su autor Josué Fernández. Con vigor similar, va el sacudón de afecto a anunciantes de esos espacios y a los seguidores de las páginas de Expresión Libre, de la Asociación Iberoamericana de la Comunicación, la Agencia Carabobeña de Noticias, el Pabellón Venezolano, Linkedin, WhatsApp, Tweeter, Google mail y comunidades; y en Facebook a través de los Porteñísimos, Retos de la Comunicación Corporativa y Comunicador Corporativo.

“Experiencias Mayores” acumulan enormes ganas de volver en enero de 2019, auxiliadas por la Luz clave sobre el camino, consintiendo más páginas a estas catarsis. Va el “hasta luego” con el clásico “Faltan 5 pa’ las 12”, interpretado por Néstor Zavarce. Composición cargada de la emoción de las formidables ganas de los abrazos en casa con mamá, igualmente ajena a peligros de la delincuencia en acecho, completamente desbordada a medianoche, sin autobuses, libres, o por puesto como se les llamaba en aquella época, o al volante con el añadido de bebidas en celebraciones que empezaron temprano. Cerramos con la esperanza porque 2019 traiga a los venezolanos la reposición de horizontes promisores, y que el fin de año sirva para revivir alegrías casi olvidadas. ¡Nos vemos!

Ensayo audiovisual para público de pregrado, disponible en la voz del autor, en colección de Josué D. Fernández, con temas musicales editados, más cortos, al pinchar en:

El artículo adosado forma parte de “Experiencias Mayores”, encartado del programa “Estamos en el Aire”, a las 4:30 de la tarde, cada sábado. Breve espacio editorial ligero, canal de catarsis del desconcierto de su autor, con música a propósito del asunto que trata y  gotas de humor.  Por http://www.radiorumbos670am.com.ve/, en cuya discusión los interesados pueden tomar parte por los teléfonos +58 212 284.04.94 y 285.27.35, o mediante mensajes directos por Twitter, a Josué Fernández, @jodofeal, por https://www.youtube.com/user/fernandezjosue, o aquí en  www.comunicadorcorporativo.blogspot.com

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​Tragedia en Venezuela: Solidaridad Vs Miseria Humana

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​Transcurridos ya varios días desde que la tierra tembló en Venezuela, el panorama de la catástrofe empieza a mutar. El polvo de las estructuras colapsadas comienza a asentarse, pero el eco de la tragedia sigue retumbando con fuerza en el alma de la nación. Estos días de dolor e incertidumbre han servido como un espejo implacable que nos devuelve, en alta definición, las dos caras más extremas, opuestas y complejas de la naturaleza humana: la luz de la solidaridad incondicional y la sombra de la miseria moral.

​Por un lado, la respuesta de la ciudadanía ha sido una epopeya de fraternidad. Frente a la inacción inicial o la respuesta tardía, de un Gobierno mediocre e incapaz, la gran mayoría de los venezolanos ha vuelto a demostrar de qué está hecha su reserva moral. Hemos sido testigos de una oleada conmovedora de hermandad y apoyo: ciudadanos comunes que, sin tener de sobra, comparten lo poco que guardan en sus despensas; voluntarios que remueven escombros hasta desgarrarse las manos; y comunidades organizadas que se han convertido en los verdaderos primeros respondientes. En cada centro de acopio improvisado, en cada plato de comida caliente entregado a un desconocido, se respira la Venezuela que resiste desde el amor y la empatía. Es el triunfo de la dignidad civil sobre la adversidad.

​Sin embargo, el reverso de esta moneda es oscuro y doloroso. La catástrofe también ha desnudado, de la peor manera imaginable, las dinámicas de la miseria humana.

​El primer gran ausente —o peor aún, el gran ineficiente— ha sido el Estado. El abandono gubernamental, la falta de protocolos de emergencia reales y la precarización institucional quedaron expuestos al primer cimbronazo. Pero el dolor ciudadano se transforma en indignación profunda cuando se constata el accionar de quienes deberían proteger al pueblo: funcionarios que, desprovistos de toda ética, cometen delitos en las propias escenas de la catástrofe, llegando al extremo vil de robar entre los escombros y desvalijar lo poco que les quedó a las víctimas.

​A esta degradación institucional se suma la descomposición social y digital de nuestra era. Hemos visto a creadores de contenido e influencers merodear las zonas de desastre, no con el afán genuino de ayudar, sino con el frío cálculo del algoritmo, buscando monetizar la tragedia y espectacularizar el dolor ajeno para ganar unos cuantos clics. Asimismo, la viveza criolla más destructiva ha hecho acto de presencia a través de personas que, sin haber sufrido daño alguno, se hacen pasar por damnificados para arrebatar los insumos y la ayuda que con tanto sacrificio se ha recolectado para las verdaderas víctimas.

​Estos días post-terremoto nos obligan a una profunda reflexión antropológica y social. ¿Cómo es posible que una misma tragedia técnica y humanitaria cohabite con el heroísmo de la solidaridad y la bajeza de la rapiña?

​La respuesta no es simple, pero nos confronta directamente con el país que somos y el que queremos reconstruir. La reconstrucción tras este terremoto no puede limitarse a levantar paredes de concreto o asfaltar calles agrietadas; el verdadero desafío es ético y estructural. Mientras la mayoría de los venezolanos siga sosteniendo el país sobre los pilares de la hermandad, habrá esperanza. Pero sanar la herida de la miseria humana —aquella que roba, miente y lucra con el dolor— requerirá de una justicia implacable y de una refundación moral que no deje espacio para el oportunismo en medio de las ruinas.

Abg. Luis Junior Vivas
Coordinador Regional de Activismo
Vente Carabobo

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