Opinión
Injertos de subsistencia
Injertos de subsistencia: Por Josue D. Fernández A.- Para la adaptación a condiciones variables de tiempo, ambiente, y demás, así como evitar perecer, las especies de cualquier reino han logrado sobrevivir a distintas eras, gracias a asociaciones con otros entes resistentes en un momento dado. Antes de llegar al convencimiento de las extinciones por rechazo a mutaciones, mestizajes, injertos, simbiosis, entonces prevalecía el final repetido de cementerio para renuentes a la transformación; hasta que buscaron superar los resultados mediante ensayos temporales en la dirección salvadora.
A pesar de lo que ha enseñado la naturaleza, aun se halla cierta decadencia irremediable, camino a la fosa, entre gente atrapada en sistemas populistas de corte ideológico confesional, como los comunistas de ultra izquierda, terroristas y afines, tocándose en sus extremos con los fascistas de la derecha. En el medio estarían los ilusos quienes creen que pueden sobrevivir en el centro, sin necesidad de evolucionar, aunque se saben arrastrados por corrientes que halan hacia uno u otro lado.
Sin necesidad de gran escuela, el asunto de la obligación de adaptarse a las circunstancias fue bien entendido en el viejo tema musical del «Negro de sociedad», según la composición del cubano Arturo Rodríguez Ojea y Valdés, de 1953, con la orquesta América, antes de que el son se fuera de la Isla con la llegada del tirano Fidel Castro robando libertades, incluida la del ascenso social por esfuerzo y mérito individual. Presten atención al cuento que sigue:
https://www.youtube.com/watch?v=DDT506KqS_k
Sobre todo en el régimen comunista, ese arranque y valía individual es mal visto porque va contra los planes de esclavizar a los pobres con ayudas precarias para la mayoría, pero con beneficios extraordinarios para los censados en el partido único. Al comienzo de esa dominación, la palabra y concepto de la «meritocracia» pasan a ser delitos, bajo la absurda acusación de egoísmo social. La nivelación se decreta por abajo y nadie debe sobresalir del montón.
La subsistencia al dejar atrás prolongados despotismos aniquiladores de la independencia de cada cual, igualmente exige estrategias de excelencia como medio complementario para reponerse de estragos de esas tiranías. Volver a contar con los mejores, apasionados por sus obras, demandaría la restitución de presupuestos actualizados a las universidades más acreditadas, así como la reglamentación idónea para la contratación de recursos por fuera de compadrazgos, o afinidades políticas, que devuelvan prestigio y credibilidad a las casas de estudios superiores.
La siembra de portadores de diplomas engañosos en distintas disciplinas y lugares, otra abundante cosecha comunista para alegrar a tontos, encuentra una divertida parodia en el tema de “Me lo dijo Adela”, que descubre la falta de compromisos éticos que aumenta de frecuencia al disminuir requisitos para obtener títulos de cualquier cosa. Tito Rodríguez, con su grabación al respecto, en 1953, termina el Saldo de hoy. Regresaremos el próximo sábado, si las condiciones lo permiten.
El artículo adosado forma parte de“SALDOS”, segmento de la revista “Estamos en el Aire”, transmitida a las 4:30 de la tarde, cada sábado, para el entretenimiento general a partir de saldos que deja la actualidad local e internacional En ensayo audiovisual a título de catarsis del autor Josué D. Fernández A., a través de Radio Rumbos 670am. en Caracas, Venezuela, , para participación directa por los teléfonos +58 212 284.04.94 y 285.27.35, por Twitter, @jodofeal,https://youtu.be/QtJ3GWpwDbc ,
o en www.comunicadorcorporativo.blogspot.com
Opinión
Tragedia en Venezuela: Solidaridad Vs Miseria Humana
Transcurridos ya varios días desde que la tierra tembló en Venezuela, el panorama de la catástrofe empieza a mutar. El polvo de las estructuras colapsadas comienza a asentarse, pero el eco de la tragedia sigue retumbando con fuerza en el alma de la nación. Estos días de dolor e incertidumbre han servido como un espejo implacable que nos devuelve, en alta definición, las dos caras más extremas, opuestas y complejas de la naturaleza humana: la luz de la solidaridad incondicional y la sombra de la miseria moral.
Por un lado, la respuesta de la ciudadanía ha sido una epopeya de fraternidad. Frente a la inacción inicial o la respuesta tardía, de un Gobierno mediocre e incapaz, la gran mayoría de los venezolanos ha vuelto a demostrar de qué está hecha su reserva moral. Hemos sido testigos de una oleada conmovedora de hermandad y apoyo: ciudadanos comunes que, sin tener de sobra, comparten lo poco que guardan en sus despensas; voluntarios que remueven escombros hasta desgarrarse las manos; y comunidades organizadas que se han convertido en los verdaderos primeros respondientes. En cada centro de acopio improvisado, en cada plato de comida caliente entregado a un desconocido, se respira la Venezuela que resiste desde el amor y la empatía. Es el triunfo de la dignidad civil sobre la adversidad.
Sin embargo, el reverso de esta moneda es oscuro y doloroso. La catástrofe también ha desnudado, de la peor manera imaginable, las dinámicas de la miseria humana.
El primer gran ausente —o peor aún, el gran ineficiente— ha sido el Estado. El abandono gubernamental, la falta de protocolos de emergencia reales y la precarización institucional quedaron expuestos al primer cimbronazo. Pero el dolor ciudadano se transforma en indignación profunda cuando se constata el accionar de quienes deberían proteger al pueblo: funcionarios que, desprovistos de toda ética, cometen delitos en las propias escenas de la catástrofe, llegando al extremo vil de robar entre los escombros y desvalijar lo poco que les quedó a las víctimas.
A esta degradación institucional se suma la descomposición social y digital de nuestra era. Hemos visto a creadores de contenido e influencers merodear las zonas de desastre, no con el afán genuino de ayudar, sino con el frío cálculo del algoritmo, buscando monetizar la tragedia y espectacularizar el dolor ajeno para ganar unos cuantos clics. Asimismo, la viveza criolla más destructiva ha hecho acto de presencia a través de personas que, sin haber sufrido daño alguno, se hacen pasar por damnificados para arrebatar los insumos y la ayuda que con tanto sacrificio se ha recolectado para las verdaderas víctimas.
Estos días post-terremoto nos obligan a una profunda reflexión antropológica y social. ¿Cómo es posible que una misma tragedia técnica y humanitaria cohabite con el heroísmo de la solidaridad y la bajeza de la rapiña?
La respuesta no es simple, pero nos confronta directamente con el país que somos y el que queremos reconstruir. La reconstrucción tras este terremoto no puede limitarse a levantar paredes de concreto o asfaltar calles agrietadas; el verdadero desafío es ético y estructural. Mientras la mayoría de los venezolanos siga sosteniendo el país sobre los pilares de la hermandad, habrá esperanza. Pero sanar la herida de la miseria humana —aquella que roba, miente y lucra con el dolor— requerirá de una justicia implacable y de una refundación moral que no deje espacio para el oportunismo en medio de las ruinas.
Abg. Luis Junior Vivas
Coordinador Regional de Activismo
Vente Carabobo
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