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En defensa del Teniente Coronel Ruperto Sánchez

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En defensa del Teniente Coronel Ruperto Sánchez (I):  Por José Luis Centeno S.- Una emboscada, diremos en su defensa, le tendieron al  Teniente Coronel Ruperto Chiquinquirá Sánchez Casares junto a ocho compañeros de armas, ubicados sin reparo en un contexto de guerra en el cual los juzgó un Tribunal Accidental con un claro sesgo antijurídico e inconstitucional que se tradujo en una sentencia condenatoria, propia de las motivaciones políticas orientadas a vapulear simulando una recta administración de justicia cuyas debilidades saltan a la vista ante la inexistencia de elementos de convicción que condujeran fehacientemente a la determinación de los hechos punibles y a la identificación de los autores de la llamada y nunca comprobada “Operación Jericó”.

Kerling Rodríguez de Sánchez, odontólogo, esposa del preso político Ruperto Chiquinquirá Sánchez Casares, con quien tiene 22 años de casada y dos hijos, evoca: “el 15 de mayo de 2014, es una fecha que jamás olvidaré, pues este relato comienza con una llamada telefónica donde él me avisa a las 4 de la tarde, que estaba preso en el DGCIM, es decir, en la Dirección de Contra Inteligencia Militar, y yo le contestaba entre lágrimas y sollozos que le daba las gracias a Dios por eso, él no me entendía, y es que ante su desaparición totalmente inusual, desesperada esa tarde, busqué por las redes sociales para ver si por la autopista había ocurrido algún accidente de tránsito que lo hubiese retrasado de vuelta a casa, pues ese día él iba a Caracas, nosotros vivimos en Maracay… por las redes sociales vi una noticia donde yacía muerto un ciudadano con una ropa casi idéntica a la que él llevaba puesta ese día, aún guardó esa foto de Twitter, para darme ánimo cada vez que la desesperanza y las lágrimas de mis hijos hacen mella en mi fuerza espiritual pero me consuelo en saber que está vivo y no muerto”. Memorias que reflejan “una pequeña noción de lo que significa tener tras las rejas a un familiar siendo inocente”.

El proceso penal no se hizo esperar. “Al día siguiente, 16 de mayo, Ruperto fue presentado ante la Corte Marcial para privarlo de su libertad bajo el cargo de Instigación a la rebelión militar, luego permaneció durante tres meses en los sótanos de la DGCIM, donde todo el día y toda la noche la luz blanca artificial acompañó cada segundo de esos días, en ese lugar se enteró que estaba acusado junto a ocho oficiales más y que supuestamente pertenecían a una causa que el gobierno denominó “Operación Jericó”, alarmaba en ese momento como en cadena nacional y por todos los medios de comunicación parecía que ya la sentencia estaba escrita”. Públicamente se fijó una línea de acción que llevó a esos oficiales castrenses a una sentencia condenatoria, haciendo prevalecer la presunción de culpabilidad que se creía superada en nuestro país, a la par los familiares recibían maltrato, burla y descalificación.

Luego de la Audiencia Preliminar son llevados a juicio y enviados a la cárcel militar de Ramo Verde, después de seis meses, en Febrero del año 2015, comenzó el juicio en la Corte Marcial de Caracas, con un Tribunal Accidental. “Fue un juicio exprés, muy rápido”, en el que fueron promovidos 96 testigos por la Fiscalía, por supuesto a los acusados no se les permitió llevar ninguno, y ante la pregunta de los abogados de la defensa y delForo Penal Venezolano: “¿usted fue instigado por el Teniente Coronel Ruperto Chiquinquirá Sánchez Casares?”, absolutamente todos los testigos dijeron no haber sido instigados por él, incluyendo a los cuatro oficiales que fungieron de “Patriota Cooperante”, “una figura muy particular, o también se les conoce como testigos estrellas”, quienes en su testimonio decían haber participado en reuniones conspirativas para dar un golpe de Estado, asunto que nunca se demostró, siendo evidentes las inconsistencias de sus testimonios en relación a esas supuestas reuniones a las que habrían asistido y los lugares donde se habrían realizado, insuficiencia que desde la red de medios oficiales se quiso subsanar con reseñas periodísticas.

Ruperto Chiquinquirá Sánchez Casares, al igual que los otros oficiales acusados, básicamente fue condenado por los testimoniales de cuatro de los 96 testigos; ahora bien, de “los testigos estrellas tres tenían expedientes criminales, lo abogados de la defensa presentaron los números de esos expedientes con acusaciones con delitos como intento de asesinato en grado de frustración a fiscales del Ministerio Público, uso indebido de armas de fuego, denuncias por violencia doméstica y de género”. Habrían atestiguado procurando que se les cerrará esos expedientes, “y el cuarto de ellos, el cuarto testigo, no tenía ningún expediente criminal, sencillamente mi esposo unos años antes había sido su jefe y le había mandado a hacer una investigación porque supuestamente cobraba dinero por sacar credenciales del servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea Venezolana. Es así como la moral de esos testigos estaba totalmente desprestigiada y en un país con independencia de poderes o ante un tribunal medianamente ético la palabra de esos cuatro oficiales no habría tenido validez”.

Lo que se anticipó por los medios de comunicación, se materializó al pie de la letra. Luego de 25 audiencias, sin constituir los 96 testigos por sí mismos medios o elementos de prueba y sin fuentes de prueba de otra naturaleza, el Teniente Coronel Ruperto Chiquinquirá Sánchez Casares fue sentenciado a 7 años y tres meses de presidio la noche del 5 de mayo de 2015. Momento que adoptó un significado aciago para Kerling Rodríguez de Sánchez y su familia: “en la madrugada cuando fue dictada la sentencia, esa no fue la única puñalada al corazón, pues el Juez también cambió el sitio de reclusión, y mi esposo junto a otros cinco oficiales fue enviado a la Cárcel de La Pica, en Maturín, Estado Monagas, a más de 800 kilómetros de distancia de la ciudad donde reside su familia, no sabía yo discernir cuál dictamen era más doloroso. Me dejaban los jueces la tarea más dura que he hecho en mi vida, explicarles tan cruel panorama a unos hijos menores de edad”.

Cualquier información, comentario, desahogo o sugerencia por la dirección electrónicajolcesal@hotmail.com o por mi cuenta en Twitter @jolcesal.

(@jolcesal)

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La doctorcita guerrera

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La doctorcita guerrera: Por Alejandrina Salas.- Con ocasión de cumplirse este 15 de enero un año de la muerte de Lisbeth Ramírez, en la denominada Masacre del Junquito, su familia nos hizo llegar un relato sobre su vida, que reproducimos a continuación en tributo a su memoria:

En la ciudad de San Cristóbal, en la Cruz Roja del estado Táchira en 1988, nace Lisbeth Andreina Ramírez Mantilla, la menor de 5 hermanos, al nacer pesó 2,400 Kg. Durante su infancia fue una niña muy cariñosa, tranquila y ordenada, además muy inteligente, al crecer comienza su inquietud de ayudar, así no supiera ayudaba mucho a mi papá en quehaceres comunes de hombres, como a los 11 años lo ayudaba a cambiar el techo de la casa, con arreglos de electricidad y hasta en labores de construcción, para ella no había nada imposible, aprendió también a utilizar una vieja máquina de coser que mi mamá conserva aún, tenía muchas amistades pero sus mejores amigas eran Yusmery, Graciela y Geraldín.

Estudio la primaria en una escuela cercana a la casa materna en la que se crió, en un sector popular de San Cristóbal, el barrio San Sebastián, en la escuela Menca de Leoni, la secundaria también la estudia cerca, en el liceo Antonio Rómulo Costa, desde niña fue muy humilde y tranquila, para ella las cosas materiales siempre estaban de segundo plano, no era su prioridad, desde muy pequeña la ropa que no le quedaba la regalaba a quien la necesitaba, tenía algo muy bonito, todo lo reciclaba, a veces le decíamos que parecía una viejita guardando todo lo que los demás querían botar, ella decía: ¡Déjemelos ahí que algún día los voy a necesitar, no me boten nada! Y cuando menos pensábamos hacia bolsos con pantalones viejos o adornos para el baño, pintaba las piedras, todo lo quería hacer, lo que no sabía se lo inventaba, como nos reíamos.

Tenía un gato y dos perritos, el gato era especial para ella, se llamaba Firifiri, era siamés, era muy raro ese gato, la quería tanto que la celaba de todo el mundo y cuando no lo acariciaba la aruñaba, cuando Firifiri murió, ella lloró mucho. No le gustaba mucho salir a discotecas, le gustaba más compartir con la familia, su pariente favorito era “mi tío Martín”, así le decía. A pocos meses de graduarse de bachiller comienza a trabajar a las afueras del CICPC, alquilando teléfonos. Allí conoce a su único y gran amor, Jairo Lugo Ramos. Nunca le conocimos otro novio o enamorado. Jairo, un muchacho maracucho de nacimiento y estudiante de la Guardia Nacional de la escuela de Michelena, donde también estudiaba su hermano Abrahán Lugo Ramos.

Cuando sale del liceo ingresa a estudiar enfermería en el IUGC aquí en San Cristóbal, tenía mucha devoción por su carrera y la ponía en práctica siempre ayudando a los vecinos en urgencias de salud, muchos le decían la DOCTORCITA. Cuando se gradúa de enfermera se va a estudiar odontología en Maracaibo, donde vivía con la familia Lugo Ramos, de buenos valores, humildes y cristianos. Junto a ellos se acentúa más su inclinación de ayudar a las personas más necesitadas, cuando iba a visitar a mi mamá en vacaciones de la universidad o cuando podía, mientras no tuviera exámenes, le pedía a los vecinos y amigos ropa, juguetes y comida para llevarle a los niños de la Guajira, y en Navidad, junto a la familia y la iglesia a la que acudía, les llevaba una sonrisa a los niños.

Siempre tenía en su pensamiento a mis padres, los adoraba, cada vez que venía le demostraba cuanto los amaba, les decía: ¡mamá déjeme acostarme con ustedes en la cama como cuando era chiquita! Como era muy estudiosa lo aplicaba con sus sobrinos, ellos le huían porque los hacia llorar, cada vez que venía les revisaba los cuadernos y se los ponía al día, le gustaban muchos los niños y aunque no tuvo uno propio siempre pensaba en casarse con Jairo, tenían años comprado los anillos de matrimonio y decía que apenas terminara de estudiar si se iba a dedicar a tener su familia. Tenía un resabio, cuando salía de casa siempre se le olvidaba algo y se regresaba como cinco veces jajaja.

Su equipo favorito de béisbol era las águilas del Zulia, le gustaba escuchar mucha música pero su favorita era la música de Marcela Gandara, la colocaba mientras hacía oficios de casa, en estos últimos años siempre hablaba de cómo se estaba deteriorando las cosas en el país, el transporte, la falta de medicinas, de alimentos, allá en Maracaibo es más difícil conseguir todo siempre lo decía. En el 2017 ella se entera que nuestra hermana Shirley, una de las mayores es diagnosticada de cáncer de seno, eso fue muy fuerte para ella, siempre le ayudaba a buscar las medicinas y estaba pendiente de ella, en octubre de ese es operada y estuvo aquí en San Cristóbal ayudándola.

Fue cuando más hablaba de Venezuela, que le tocaba más fuerte la universidad porque llegaba tarde a algunas materias por la falta de transporte, explicaba que le tocaba caminar mucho para llegar y luego para regresar, que seguiría luchando hasta el final, que no quería irse de su país, pero si le tocaba quería terminar su carrera. El 23 de diciembre de 2017 llega al Táchira a pasar navidad con la familia, disfruto mucho, más de lo normal, sin saber que sería su última navidad aquí en la tierra.

De su embarazo no tenemos certeza, ella desde meses anteriores, como en julio, nos enteramos que no se cuidaba, pensábamos como familia que en cualquier momento saldría embarazada, si la vimos extraña en diciembre, más gordita, era muy delgada, pero dijo que era por el estrés del estudio. En diciembre tenía más barriguita, pero como ella era muy alta, pues si estaba embarazada no se le notaba. Nunca nos dijo si lo estaba. Le preguntábamos y lo que hacía era reírse y se escondía. Nosotros pensamos que sí lo estaba porque estaba diferente y el hermano de Jairo le dijo que ella si lo estaba, claro nos enteramos luego de su muerte.

Alejandrina Salas

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